—¿Tú? —espeto, frunciendo el ceño, sintiendo cómo la sangre me sube a la cabeza.
Leonardo levanta su mirada. Su expresión se transforma al verme. Ya no hay sorpresa, sino molestia.
—¿Qué haces aquí? —responde con el mismo tono ácido, cruzando los brazos.
—Lo mismo me pregunto —digo, conteniendo el impulso de acercarme.
—Andrea no te necesita —espeta, como si tuviera algún derecho a decidir eso.
—¿Y a ti sí? —respondo, dando un paso hacia él.
—¡Por supuesto que sí! —su voz retumba en el recibido