—Te juro que no me dejé ganar —interviene Mateo en el recuerdo de la joven.
—No te creo —le dice sonriendo.
—No lo hice —le asegura un poco espacio de ella—. Quería tanto que estuvieras una noche solo para mí —Con delicadeza le acaricia el rostro con solo el dedo índice, apenas un roce provocando que ella cierre sus ojos—. Era lo que más deseaba —le confiesa.
—Pero no puedo aceptarlo —murmura, todavía sin abrir los ojos.
—Y yo no puedo dejar que lo devuelvas —le susurra cerca de sus labios.
Aye