En la habitación del hospital, Kansas estaba preparándose para salir de ahí. Le habían dado de alta hacía dos horas atrás y lo único que ella quería era volver a su residencia. Luego de bañarse y colocarse la ropa que su madre le había traído para irse, se encontraba sentada en la cama esperando a que Meredith terminara de llenar los papeles para así sacarla de ese, para ella, horrendo lugar. Todavía se encontraba con moratones en su piel, su rostro no se había deshinchado del todo y sus costillas todavía dolían un poco, pero estaba bien y no quería pasar ni un minuto más ahí. La puerta de su habitación se abre, y Jonas entra con una enorme sonrisa y una silla de ruedas. Kansas frunce el ceño.
—¿Para qué la silla de ruedas? —cuestiona.
—Para sacarte de aquí —responde, tomando el bolso de la joven de arriba de la cama y se coloca en el hombro—. Vamos.
—No necesito una silla de ruedas, puedo caminar —retruca Kansas.
—No me contradigas —reprende sonriendo—. Si quieres salir de aquí más v