Eran apenas las seis de la mañana. El sol ni siquiera asomaba sus rayos cuando Adhara, con el corazón por primera vez tranquilo, habia salido de su destartalado edificio, acompañada del alegre trinar de las aves.
Aunque la noche anterior no había sido la mejor, aquella noticia había sido suficiente para borrar un poco su desánimo y tristeza.
Las calles se encontraban desiertas, pues aún era muy temprano para que los trausentes las abarrotaran yendo a sus trabajos.
La brisa fría de la mañan