Nicolá apretaba el volante con tanta fuerza que poco a poco sus nudillos comenzaron a tornarse blancos, mientras su entrecejo se fruncía más en preocupación que en concentración.
No sabía por qué, pero desde que el patriarca Lombardi había enviado aquel mensaje, sus alarmas se habían encendido de una forma que no podía explicar con simples palabras.
Algo en su interior gritaba que aquella noche auguraba peligro y por primera vez, la falta de la luna en el cielo lo llenaba de mayor inquietud.
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