Dante arrimó a Alina aún mas si era posible. Reclamó sus suaves y carnosos labios con extrema necesidad, devorándolos con gusto. Pasaron unos instantes y él se separó de ella. Sus ojos brillaban, perdidos por la pasión. Había alborotado su cabello durante el beso. Esa era su Alina.
—Puedes quedarte en la cama si quieres. Iré a ver a Ángel—comentó Dante.
Fue hasta la cuna de Ángel, quien aún dormía. Pareciendo sentirlo, el pequeño abrió sus bonitos ojos y lo miró fijamente. Cuando sintió que iba