Anastasia.
El beso no se rompió… se intensificó.
No se sentía desesperado, era peor: consciente. De que lo necesitaba, de que lo quería.
Nuestras lenguas se encontraron. Gemí, y sentí cómo el control que tanto había intentado sostener se terminaba de deshacer entre mis dedos enterrados en el cabello de su nuca. Mis manos, que hacía poco temblaban por la culpa, ahora temblaban por otra cosa… algo más oscuro.
Llevé mis dedos hacia su pecho, sintiendo cada músculo bajo la tela medio abierta de su