En sus brazos.

Leónidas.

—Mírate, sigues siendo tan débil como siempre —escupió mi mellizo, dándole una mirada de asco a mis manos.

Mi paciencia estaba desbordándose. Debí seguir en la camioneta, perseguir a Anastasia, pero en cambio no me resistí a bajarme. Tenía que dejarle algo muy claro.

—No creas que es tan ingenua como para creer que realmente estás arrepentido —dije, acercándome a él, apenas conteniéndome.

Sus ojos se oscurecieron. Había visto esa mirada varias veces, pero ahora había algo además de es
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