Conocía esas manos.
Anastasia.
Sentí cómo el sudor lo cubrió, casi como una regadera. Le quité las sabanas, dejándolo solo con la bata, pasé una toalla para limpiarla su rostro, su cuello, y entre sueños, lo vi suspirar.
Tuve el impulso de acercarme, besarlo. Pero en cambio, mis manos fueron a su rostro, e intenté grabar con ellas cada contorno. Me detuve más tiempo en la forma de sus labios, el grosor exacto, y sus cejas castañas claro finas pero pobladas a la vez.
Sus manos no estaban hinchadas, eso quería decir