Mundo de ficçãoIniciar sessãoMariana Carbajal
Su voz me golpea más que cualquier nota de la música que acabo de bailar.
Denn. Mi Denn.O al menos el que recordaba.
Porque el hombre que tengo enfrente no es el mismo chico que dejé hace años atrás después de aquel día. Ahora hay algo más en él… algo más oscuro, más firme, más peligroso dejo de ser un adolescente para convertirse en un hombre adulto.Me cuesta respirar. Lo miro como si no pudiera decidir si correr hacia sus brazos o apartarlo de mi vida para siempre.
—No deberías estar aquí —murmuro, intentando que suene firme, pero mi voz tiembla.
Se da un paso hacia mí y el aire se vuelve más denso.
—Tú tampoco —me responde, y su mirada recorre mi vestido, mi antifaz, mi piel expuesta. Siento como si me estuviera desnudando con los ojos… y no porque me vea sin ropa, sino porque atraviesa cada capa que he usado para protegerme.Mis dedos juegan nerviosos con la cinta del antifaz. Quiero quitármelo, mostrarle que sí, que soy yo… y al mismo tiempo me aterra que vea en mis ojos cuánto lo he extrañado.
—No entiendes… —comienzo a decir, pero él me interrumpe.
—No entiendo tienes razón pues explícamelo Mariana.
Su voz baja, grave, me encierra contra el espejo. Mi corazón late tan fuerte que temo que lo escuche.
Necesito aire.
El camerino es demasiado pequeño, demasiado cercano… demasiado él.Doy un paso hacia la puerta, pero su presencia me sigue como una sombra que no puedo sacudir. Siento sus pasos detrás de los míos, la forma en que me escolta por el pasillo angosto como si temiera perderme de vista.
Cruzo la cortina negra que separa el backstage del salón y sigo caminando hasta encontrar la salida lateral. El aire de la noche me golpea, frío y denso, pero no me calma.
—Mariana —su voz me alcanza antes que su mano.
No me giro. No puedo.
—Denn, no hagas esto.—¿Hacer qué? —su tono es bajo, pero cargado, como si cada palabra fuera un hilo que me ata más fuerte—. ¿Preguntar por qué diablos la mujer que fue mi vida entera está bailando en un lugar así? ¿Por qué me miras como si me conocieras y, al mismo tiempo, como si quisieras que me fuera?
Me muerdo el labio. Si lo miro, voy a ceder.
—No tienes derecho de reclamarme nada —respondo al fin, pero me suena falso incluso a mí.
Entonces lo escucho acercarse. Paso a paso. Hasta que su voz me envuelve desde muy cerca.
—Me quité ese derecho ese día ¿verdad? Pero tú jamás me diste la oportunidad de explicarme.Mis dedos se crispan. Sí… pero no puedo decirlo.
Su mano en mi brazo es un recordatorio de todo lo que intenté enterrar.
El calor que transmite no tiene nada que ver con la temperatura de la noche. Es el mismo calor que sentí la primera vez que me tomó la mano en la secundaria, cuando cruzamos la calle corriendo bajo la lluvia. Y lo odio. Lo odio porque todavía me derrite.—Suéltame, Denn —susurro, sin la fuerza que quería.
—Dime que no me extrañaste, y lo hago —responde, bajando la voz, como si temiera que el aire nos escuchara.
Levanto la mirada y cometo el error de sostener la suya.
Es como si todo el ruido de la ciudad desapareciera. Mis labios quieren decir que no, pero mi respiración, mi pulso y el temblor en mis dedos lo contradicen.—No puedes… —empiezo a decir, pero su mano sube lentamente por mi brazo, hasta mi hombro, y luego a la línea de mi cuello.
Cierro los ojos. Maldita sea.
No es un toque inocente. Es lento, deliberado, como si quisiera memorizarme de una forma adulta.—No debiste venir —murmuro.
—Y, sin embargo, aquí estoy —contesta, y su pulgar roza la base de mi mandíbula.
Denn Stuart
Quiero tocarla.
Dios, quiero tocarla. Pero sé que, si lo hago ahora, podría perderla para siempre.—No vine a discutir, Mariana —susurro—. Solo dime qué pasó contigo… y por qué siento que, si me doy la vuelta, no volveré a verte.
Ella parpadea, y en ese segundo veo a la niña que se reía conmigo en la vieja banca del parque, la que me empujaba a soñar más alto… y también a la mujer que ahora se esconde detrás de terciopelo y luces bajas.
—Denn —dice, pero su voz se rompe como cristal.
—Por favor Mariana dime que paso… —pregunto aun en conflicto por encontrarla de esa manera.
Ella sigue de espaldas. La luz de un farol cae sobre sus hombros desnudos, y me da ganas de cubrirla, no solo por el frío. Es instinto. Es necesidad.
—Mírame —pido, y no es una súplica, es una orden suave.
Tarda, pero lo hace.
Y ahí está. Mariana. Sin antifaz. Sin defensa. Sus ojos me disparan todas las memorias que creí enterradas: las tardes en el parque, los textos que nunca recibí respuesta, el beso que no me atreví a darle antes de irme.—¿Qué quieres que diga, Denn? —susurra—. ¿Qué te esperé? ¿Qué me quedé mirando la puerta cada verano, pensando que ibas a entrar? Mientras te divertias.
Cada palabra es un golpe.
Quiero decirle que sí, que me arrepiento, que la busqué en todos lados… pero lo único que sale es la verdad cruda. —No vine aquí a dejarte otra vez sin una explicación.Se ríe sin humor, y me parte.
—No eres tú quien decide eso ahora.Da un paso hacia atrás, y el instinto me traiciona: la sujeto del brazo, suave pero firme. Ella no se aparta. Me mira. Y en ese segundo sé que, aunque se marche, algo entre nosotros ya volvió a encenderse… y no se va a apagar fácil.







