Catalina Stuart
Mi hijo duerme profundamente, con esa calma frágil que solo tienen los niños cuando por fin se sienten a salvo. Sus pestañas reposan sobre las mejillas y, de vez en cuando, sus labios se mueven apenas.
—Marian… —susurra dormido.
El nombre me aprieta el pecho.
Paso mis dedos con cuidado por su cabello, como si temiera despertarlo, como si al hacerlo pudiera arrancarlo de ese pequeño refugio que ha construido en sueños.
—Pronto llegaremos a Washington —me dice Eliza en voz baja, c