Mundo de ficçãoIniciar sessãoDenn Stuart
Ella guarda silencio ante mis palabras. La tengo tan cerca que podría besarla. Ella guarda silencio ante mis palabras.
Podría hacerlo y sé que respondería… pero no. Quiero que sea ella quien cruce esa línea. Quiero que, después de todos estos años, me busque, aunque sea con un gesto mínimo.—Dime que no soy nada para ti y me voy —repito, bajando más la voz, casi un roce de palabras contra su piel.
Ella traga saliva, sus pestañas tiemblan.
—No es tan simple… —susurra.—Sí lo es. O me odias, o todavía me quieres. No hay término medio, Mariana.
Ella se queda en silencio, y en ese vacío yo actúo: mi mano baja por su espalda hasta la curva de su cintura. La acerco un poco, lo suficiente para sentir el calor de su cuerpo contra el mío.
Su respiración se acelera.
La mía también.Y entonces, la siento…
Sus dedos se enroscan en mi chaqueta, apenas un segundo, como si se diera permiso para sujetarme antes de volver a alejarse. No la beso. No todavía.—Te odio —dice, pero su voz se quiebra, y sé que es la mentira más dulce que me ha dicho.
Aunque hay rabia contenida en su voz. Rabia conmigo, ¿Pero no entiendo qué demonios paso en mi ausencia?—Mariana —digo, y mis palabras salen como un juramento—. Me fui para no seguir incomodándote ya que mi presencia te hacia daño, pero me equivoqué ese día debí explicarme luchar porque me escucharas y no dejar pasar tanto tiempo.
Ella se ríe
—Pues te tardaste demasiado. Además, asumo que alguien más estará encantada con tú regreso Denn ¿Apropósito como esta Cristina?No sé qué me duele más, si sus palabras o la forma en que sus ojos brillan como si estuvieran a punto de llorar, pero no se lo permiten.
—No pienso perderte otra vez por ella ni nadie —digo, y es más una promesa que una advertencia ignorando su pregunta
Ella niega con la cabeza.
—No puedes prometer eso, Denn.Pero, aunque lo niegue, en su voz hay una grieta… y sé que esa grieta es la entrada por la que voy a luchar para quedarme.
Mariana Carbajal
Me aparto un paso. No mucho, lo suficiente para que el frío de la noche me obligue a recordar que no todo es su calor.
—¿Quieres saber por qué estoy aquí? —pregunto, clavando los ojos en él.
No me responde, pero su silencio es una invitación.—Porque un día desperté y me di cuenta de que no había nadie a mi lado. Ni tú… ni nadie por ser solo una niña tonta —continúo, sintiendo cómo la garganta se me cierra —Después de ese día entendí algo muy importante sobre nosotros.
Veo cómo aprieta la mandíbula. Quiere decir algo, pero no lo dejo.
—Denn… el mundo te enseña rápido cuánto puede golpearte. Y depende de ti si lo permites. No quiero ninguna explicación de tú parte eso quedo en el pasado.Sus ojos me recorren, buscando heridas que no están en la piel, pero siguen vivas por dentro.
—Y ¿Por qué estoy aquí no es de tu incumbencia como no me interesa que hiciste todos estos años Denn Stuart —me obligo a sonreír, pero es hueco —¡Esta claro!
Sus manos se cierran en puños. Se que mis palabras son hirientes, pero realmente quiero hacerle daño como él me lo hizo.
—¿porque hacer esto? —dice, y su voz se rompe por primera vez.—¿Para qué? —respondo con un amago de risa amarga—. Para distraerme como no obsesionarme con buscarte y encontrarme con fotos tuyas en Inglaterra, siempre acompañado… y nunca de mí.
Lo veo fruncir el ceño, dar un paso hacia mí, pero levanto la mano.
Su mirada me sostiene como si pudiera obligarme a quedarme solo con la fuerza de sus ojos. Y sé que, si sigo un minuto más aquí, voy a ceder.—Denn… —susurro, pero no sé si lo estoy llamando o advirtiendo.
Él da un paso más, borrando el espacio entre nosotros. Su mano roza mi mejilla con una delicadeza que me desarma. No hay presión, no hay prisa, pero hay algo en ese contacto que me derrumba por dentro.
—No puedo dejarte ir así —dice, y su voz es tan baja que siento más el calor de sus palabras que el sonido.
Quiero decirle que no, que no es tan fácil, pero mi respiración se enreda con la suya y mis argumentos se vuelven humo.
Su pulgar traza un camino lento por mi piel, hasta la comisura de mis labios. Cierro los ojos.
Y entonces lo hace.Su boca roza la mía, primero como una pregunta. Un roce breve, pero tan cargado de todo lo que no dijimos que mi pecho arde.
La segunda vez, ya no es una pregunta. Es un reclamo. Una promesa. Una herida que se abre y se cura al mismo tiempo.
Mis manos, sin permiso, suben hasta su nuca, y lo acerco más. Su beso es profundo, sin miedo, como si estuviera grabando en mi memoria que todavía es él… y que todavía soy suya.
Cuando se separa, solo lo suficiente para respirar, su frente queda apoyada en la mía.
—No vuelvas a desaparecer de mí —susurra.
No le respondo.
Porque, aunque quiero creerlo, sé que decir “sí” sería una mentira que tarde o temprano podría rompernos otra vez.Me aparto, un paso, luego otro, aunque su mirada me persigue como un ancla invisible.
—No debimos… —digo, y mi voz suena más a lamento que a reproche.Denn frunce el ceño.
—No me digas que fue un error.No respondo; simplemente me doy la vuelta y salgo corriendo, dejándolo atrás, mientras las lágrimas amenazan con escapar de mis ojos. ¿Por qué regreso? Mi vida era mucho más sencilla cuando permanecía lejos.
—Mariana ahí estas pero que sucede contigo —Escucho a mis espaldas la voz de Patrick
—Solo sácame de qui no puedo permanecer un minuto más en el club —Digo con voz entrecortada mientras mis tacones golpean el fino mármol.







