Mariana Carbajal
La comida transcurrió con una calma engañosa, de esas que pesan más que cualquier discusión.
El sonido de los cubiertos, las conversaciones medidas… todo parecía cuidadosamente controlado, como si una sola palabra fuera suficiente para romper el equilibrio.
Al finalizar, nos despedimos con cordialidad. Besos en la mejilla, sonrisas contenidas… una despedida impecable.
Demasiado perfecta.
Porque en el fondo sabía la verdad: mi madre aún no había dicho la última palabra.
Aunque