El aire en la oficina de Lucas se sentía como plomo líquido. El rugido del motor de la camioneta de Max seguía vibrando en sus oídos, una burla constante que le recordaba su propia impotencia. Se había quitado la chaqueta hacía horas, lanzándola sobre una de las sillas de cuero como si fuera un estorbo para su cordura. La corbata de seda, símbolo de su rectitud y de las cadenas de los Miller, yacía deshecha sobre el escritorio. Con los dedos temblorosos, se desabrochó los primeros tres botones