El comedor de la mansión Miller se sentía esa noche como una cripta de mármol. El tictac del reloj de péndulo en el vestíbulo resonaba con una pesadez metálica, marcando los segundos de una espera que empezaba a erosionar los nervios de todos los presentes. Richard estaba sentado a la cabecera, con la espalda tan rígida que parecía parte del mobiliario, mientras Beatriz fingía un interés desmedido en la disposición de los arreglos florales del centro de mesa.
Lucas estaba sentado frente al luga