El campus de la universidad pública se sentía como un santuario en ruinas. Ava caminaba entre los edificios de ladrillo gastado, respirando el aire que olía a café barato y a sueños sin presupuesto, un contraste abismal con el aroma a privilegio rancio de Yale. No le importaba haber faltado a sus clases con Lucas; necesitaba recordar quién era antes de que el apellido Miller terminara de asfixiarla.
—¡Ava! ¡Por Dios, mírate la cara! —Sofía, su mejor amiga, dejó caer su carpeta al verla acercars