La entrada de la Universidad de Yale siempre imponía respeto, pero ese día, para Ava, solo era otro escenario más de su cautiverio. Caminó por los pasillos góticos con la cabeza en alto, ignorando las miradas de los estudiantes que se apartaban a su paso. Llevaba el labio inferior hinchado y una costra de sangre seca adornaba la comisura de su boca, un trofeo de guerra que se negaba a ocultar con maquillaje. Era su verdad gritando en medio de tanta hipocresía.
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