El silencio que quedó tras la partida de Beatriz no era de paz, sino de una vibración eléctrica que amenazaba con hacer estallar los cristales de la oficina. Lucas seguía hundido en su silla, con la respiración rota y el pulso martilleándole en las sienes. El eco de las palabras de su madre —Suiza, internado, implacable— flotaba en el aire como una sentencia de muerte.
Ava emergió de debajo del escritorio con la lentitud de una pantera. No se veía asustada; se veía triunfante. Su cabello rojo e