El pánico es un sabor metálico que te llena la boca en un segundo. Escuchar la voz de mi madre detrás de esa madera fue como sentir el frío de una guillotina rozándome el cuello. Mis ojos se clavaron en los de Ava; ella estaba lívida, con la respiración entrecortada y los labios aún hinchados por mis besos.
—¡Vístete! —le ordené en un susurro desesperado, mientras yo me ponía los pantalones a ciegas, luchando con el cierre que parecía haberse atascado con mi propia urgencia.
Ava no perdió tiemp