No hubo palabras entre ellos. Ni cuando llegaron al establo, ni cuando Lyon se montó en su caballo y le tendió la mano para que el duque se subiera detrás de él, ni durante el recorrido de regreso donde ambos podían sentir sus cuerpos temblar y la temperatura subir como una bestia hambrienta. Porque así estaban los dos.
Con un deseo voraz que no se esforzaron en comprender. Era parte de la naturaleza entre alfa y omega, entre compañeros enlazados… y el resultado de demasiada tensión acumulada.