La noche era un manto oscuro que cubría Santa Aurora, mientras Amatista se aseguraba de que cada paso estuviera calculado. Había seguido al pie de la letra las instrucciones de Roque, tomando dos taxis diferentes para alejarse de la ciudad antes de acercarse a un pequeño pueblo con calles casi desiertas. Allí, encontró un teléfono público apartado, sin cámaras visibles, y marcó con manos temblorosas el número que había memorizado.
El sonido del tono delataba su creciente ansiedad, y cuando la v