El auto avanzaba por el camino oscuro, dejando atrás las luces y el bullicio del casino. Enzo conducía con una mano firme en el volante, mientras su otra mano descansaba sobre el muslo de Amatista, trazando ligeros círculos que parecían encender chispas a través de su vestido. Ella, recostada en el asiento, miraba por la ventana con una sonrisa que dejaba ver la satisfacción de la noche.
—Espero que no olvides la parada, amor. —murmuró Amatista, volviendo su mirada hacia él, con un tono cargado