El amanecer apenas asomaba cuando Amatista despertó con una punzada de hambre. Se estiró en la cama y giró un poco para ver a Enzo aún dormido a su lado. Se veía relajado, su respiración era pausada, y por primera vez en días, no tenía el ceño fruncido.
Lo observó un momento, con una ligera sonrisa, y luego intentó moverse con cuidado para no despertarlo. Sin embargo, Enzo soltó un gruñido somnoliento y, sin abrir los ojos, murmuró:
—Gatita, vuelve a la cama…
—Tengo hambre —respondió ella en un