El ambiente del bar estaba cargado con una calma inusual, casi como si la tensión de las últimas horas hubiese sido absorbida por las paredes. Enzo y Amatista permanecieron un rato más con los bebés en brazos, disfrutando de la tranquilidad que ellos irradiaban. Ambos pequeños, satisfechos y agotados, pronto cayeron dormidos.
Enzo miró a Amatista, sus ojos suavizados por un afecto que parecía imposible asociar con él.
—Preparé una de las habitaciones en las salas privadas para que puedas usarla