La tarde se deslizaba lentamente dentro de la mansión. Afuera, el cielo comenzaba a teñirse con tonos anaranjados, pero en la sala principal, la atmósfera era más densa, cargada de humo y licor.
Enzo se apoyó contra la barra, con el vaso de whisky en una mano y el cigarro en la otra. Dio una calada larga, dejando que el humo escapara lentamente de sus labios, pero su mente seguía atrapada en la imagen de Amatista recostada en la cama, demasiado débil, demasiado frágil.
No se dio cuenta de la pr