La casa a orillas del lago era, como había prometido Enzo, un refugio. No era la opulenta Mansión Bourth, sino una estructura de piedra y madera, amplia y acogedora, con grandes ventanales que se abrían a las aguas tranquilas. El atardecer teñía el cielo de tonos naranjas y púrpuras, reflejándose en la superficie como una pintura impresionista. Dentro, sin embargo, la atmósfera era tan tensa como serena.
La cena se desarrollaba en el comedor, alrededor de una mesa de roble macizo. Era una escen