El club privado era un templo del exceso, un lugar donde las normas se disolvían entre risas, humo de cigarro y el tintineo constante de copas llenas de licor. Enzo estaba en su lugar habitual, un rincón privilegiado junto a Alan, Joel, Facundo y Andrés, hombres que, como él, tenían los bolsillos llenos y la moral laxa. Pero esa noche, Enzo destacaba no por su poder, sino por la quietud con la que observaba el ambiente.
Mientras los demás brindaban y jugueteaban con mujeres que buscaban su aten