La sala de guerra de Enzo estaba sumida en un silencio pesado, roto solo por el suave zumbido de los servidores. Massimo, Paolo y Emilio estaban de pie, observando a su líder. Enzo no miraba el mapa. Miraba fijamente el pequeño registro de conducir de Amatista que siempre llevaba consigo.
—Una casa en el campo. Cerca de la frontera norte —repitió Enzo, su voz un susurro cargado de hielo—. ¿Eso es todo lo que sacamos de arriesgar el asalto y alertar a toda la ciudad?
—Fue lo único que pudo dar e