La primavera en el sur de Montresaa teñía los campos de un verde vibrante, y el aire cálido cargaba el aroma de los jazmines que trepaban por la fachada de la modesta casa de campo. Para Amatista, esta rutina se había convertido en un refugio. Sentada en el pequeño porche, vigilaba a Felipe, que jugaba en un corral de madera con un par de cubos de colores. Su hijo, ahora con un año de vida, seguía siendo delgado y pálido, pero sus pulmones habían ganado fuerza. Aun así, cada resfriado, cada cam