Amatista despertó en la habitación, su cabeza todavía algo mareada por el alcohol. La penumbra del cuarto, apenas iluminada por la luz de la luna que se colaba entre las cortinas, la hacía sentirse desorientada. Su mirada recorrió lentamente el lugar hasta detenerse en Enzo, recostado en uno de los sillones. Dormía profundamente, con el ceño relajado, algo poco común en él, como si por fin hubiera encontrado un momento de calma.
El aire se sentía pesado, cargado de algo indefinible, y Amatista,