El sol se despedía en el horizonte mientras Enzo acariciaba el rostro de Amatista, su expresión más suave de lo que había sido en todo el día. Su tacto transmitía una mezcla de calma y devoción, como si con solo tenerla cerca pudiera disipar cualquier tormenta.
—Gatita, no sé cómo lo haces, pero siempre consigues que todo lo demás deje de importar —murmuró, inclinándose para dejar un beso en su frente, un gesto íntimo que parecía apartar todo rastro de tensión de su semblante.
Amatista, juguete