La camioneta se deslizó suavemente por el camino de entrada de la Mansión Bourth, iluminada tenuemente por las luces del exterior. La noche había sido larga, llena de conversaciones, risas y confesiones, pero al final, tanto Amatista como Enzo sabían que lo mejor del día los esperaba en casa.
Los niños dormían profundamente en sus sillitas, con los rostros relajados y sus pequeñas manos aún cerradas en puños. Amatista los observó con ternura antes de suspirar.
—Fue un buen día —murmuró, con una