El sol de la mañana iluminaba suavemente la ciudad mientras Enzo y Amatista volvían a la mansión en la camioneta. El trayecto transcurrió en un cómodo silencio, con Amatista apoyando su cabeza en el asiento, aún sintiendo el calor de la noche anterior en su piel.
Enzo, con una mano en el volante, la observaba de reojo con una media sonrisa. Le gustaba verla así, relajada, con esa expresión satisfecha que solo él podía provocarle.
Cuando llegaron a la entrada de la mansión, Enzo apagó el motor,