La miré con desconfianza.
—¿Debería cambiarme?
—Sí.
—¿Traje?
—No.
—¿Ropa cómoda?
—Sí.
—Eso me preocupa más. —Bien.
Su sonrisa se amplió y supe que no iba a decirme nada más.
Cuarenta minutos después estaba en el asiento del copiloto mientras Isabella conducía mi coche con esa seguridad que siempre me había parecido peligrosa y atractiva a partes iguales. Llevaba el cabello recogido, gafas oscuras y esa concentración excesiva de quien intenta fingir que no está disfrutando demasiado de tener el