ELENA
Quedarme callada no era algo que yo acostumbrara hacer, pero aquella mañana demasiadas cosas me resultaban irritantes al mismo tiempo y preferí guardar silencio porque, si abría la boca, probablemente terminaría arruinando el desayuno antes de tiempo.
Emir se había sobrepasado, eso era evidente; organizar aquella escena junto a la piscina, sentar a Alessandro en nuestra mesa y fingir naturalidad había sido una emboscada demasiado obvia incluso para él, una jugada vilmente calculada contra