ELENA
Al día siguiente intentanté convencerme de que mi inquietud era absurda, las cuetas coincidían, sí pero no peo as probabilidades eran de cincuenta y cincuenta.
Me serví una copa de vino a media mañana, algo que no solía hacer, y me senté frente a la ventana. Desde allí podía ver el jardín perfectamente cuidado, el mismo jardín en el que Isabella había aprendido a caminar. Cerré los ojos y respiré hondo.
"No seas dramática", me dije.
Pero el apellido Villalobos seguía resonando en mi cabez