ELENA
El silencio en la casa era engañoso.
Todo estaba en su sitio. Las flores recién cambiadas en el vestíbulo, el aroma tenue del limpiador de madera, la luz filtrándose por los ventanales como si nada hubiese cambiado. Pero dentro de mí, todo estaba desordenado.
Había hecho lo correcto. Eso era lo que me repetía, una y otra vez, como si la insistencia pudiera convertirlo en una verdad absoluta.
Apreté los dedos contra el brazo del sillón, notando la tensión acumulada en cada músculo.
—Señora