ISABELLA
Tomé la maleta y abrí la puerta.
El sonido de su voz llegó antes de verlo.
Damián estaba en el corredor, a unos metros, apoyado ligeramente contra la pared mientras hablaba por teléfono. Una mano en el bolsillo, la otra sosteniendo el móvil, la mirada fija en algún punto indefinido
—No, eso no es lo que acordamos… —su tono era bajo, firme—. Revísalo otra vez y me llamas.
No interrumpí.
Me quedé ahí un segundo, observándolo sin anunciarme. Él colgó, giró la cabeza, me vio.
—¿Lista?
Asen