HEKTOR
—¡Aterrizamos en diez minutos, señor Stein! —gritó el piloto desde la cabina.
Me ajusté el cinturón y cerré la computadora. No había dormido nada en las trece horas de vuelo desde Berlín. Tenía un humor de perros y Klaus lo sabía; por eso no me envió ni un solo mensaje de trabajo en todo el trayecto. En cuanto las ruedas del jet tocaron la pista en México, salté de mi asiento.
Bajé la escalerilla y vi a Bruno recargado en su auto negro. Me esperaba con los brazos cruzados.
—Te ves fatal,