HEKTOR
—¡Firma de una vez, Greta! No tengo humor para tus juegos de poder —le solté, arrojando la carpeta sobre el escritorio con una fuerza que hizo saltar las plumas.
Había pasado apenas una semana desde mi regreso de México y Berlín se sentia como una prisión para mi. Klaus me miraba desde la puerta con una mezcla de lástima y reproche. Greta, por su parte, se limitó a firmar el documento con una sonrisa fria.
—Estás perdiendo el control, Héctor. Tu humor cada día es peor, la gente te tiene