REBECA
Han pasado semanas desde que llegamos a la sierra y el cuerpo me pesa como si todavía cargara con las maletas que dejé en Berlín. Majo tuvo que regresar a la Ciudad de México por cuestiones de trabajo, dejándome bajo el cuidado de Doña Lupe. Me senté a la mesa de la cocina, moviendo el tenedor sobre el plato de chilaquiles sin probar un solo bocado. El olor del epazote, que normalmente me encanta, me revolvió el estómago de una forma violenta.
—Señorita Rebeca, no ha probado nada en toda