REBECA
Héctor no me dirigió la palabra en todo el camino de regreso del club. El silencio en el penthouse era tan pesado que me costaba respirar, un vacío que solo se llenaba con el sonido del motor del Mercedes y la lluvia golpeando el cristal. Él se encerró en su estudio en cuanto cruzamos el umbral y yo me desplomé en el sofá, con Mandarino saltando a mis piernas. El gato ronroneaba, ajeno a que el hombre que lo trajo de polizón ahora nos miraba como si fuéramos un error en su perfecta hoja