REBECA
Me levanté de la cama sintiendo el cuerpo pesado, como si la pelea de anoche me hubiera dejado moretones invisibles. Héctor ya estaba en la cocina, de pie frente a la cafetera, con la camisa impecable y el rostro de imperturbable.
—Hay café —dijo sin girarse. Su voz era áspera, desprovista de la calidez que solía tener en Monterrey.
—No quiero tu café, Héctor —respondí, pasando de largo hacia la barra para buscar un vaso de agua—. ¿A qué hora es tu junta con Greta?
Héctor dejó la taza co