REBECA
Tenía el celular en la mano, con la pantalla encendida mostrando su rostro en una alfombra roja de Berlín. El Héctor Stein que me amó en Santiago no existía; solo estaba este tiburón de la industria buscando su próximo cheque de siete cifras a costa de mi talento.
—¡Rebe, abre por favor! ¡Escúchame un segundo! —gritaba él, con una voz quejumbrosa que casi me hacía creerle.
—¡Lárgate, Héctor! —grité, con la garganta ardiendo de tanto llorar—. ¡Eres un cínico! ¡Viniste por mi libro! ¡Cance