3 LA AUDICION DE LOS HORRORES

REBECA

Si el infierno existe, estoy segura de que es una primera cita eterna en un café de la Condesa, con un chai latte aguado y un tipo enfrente explicándote cosas que no te interesan ni entiendes.

—Majo, oficialmente me rindo, prefiero que la tía Chayo me inscriba en un convento a volver a salir con un ser humano raro —le dije a mi amiga, hundiendo la cara en mis manos sobre la mesa del Starbucks.

Mi Casting para Novio Millonario Falso había comenzado y el balance era desolador. Después de deslizar el dedo en Tinder y Bumble logré concretar tres citas en una semana. Grave error de cálculo.

—¿Tan mal te fue? —preguntó Majo, robándome un sorbo de mi té—. Cuéntame, necesito reírme de tu desgracia para sentirme mejor con mi soltería.

—Candidato Número uno: El Mente de Tiburón, se llamaba Santiago, en las fotos: traje, reloj grande, gimnasio, perfecto, pensé. A los cinco minutos ya me estaba dibujando una pirámide en una servilleta. Me dijo que si invertía diez mil pesos, para la boda de mi prima ya sería Diamante Ejecutivo y para rematar, me pidió pagar mitad y mitad porque tiene su capital invertido en criptomonedas.

Majo soltó una carcajada que hizo que varias personas se voltearan.

—¿Y el Candidato dos? —preguntó ella, limpiándose una lágrima de risa.

—El Intenso. Guapo, arquitecto, bien vestido. Todo iba bien hasta que me preguntó si yo era fértil porque quería tener cinco hijos y educarlos en una dieta sin gluten. Me escapé por la puerta de servicio del baño, literalmente.

Me dejé caer en el respaldo de la silla, agotada. El desastre me trajo un recuerdo amargo que había tratado de bloquear: Beto, fue seis meses después de lo de Javier, yo estaba vulnerable en la ciudad y Beto parecía el clavo ideal: bohemio y artista, se mudó conmigo temporalmente y fueron seis meses de infierno.

—¿Te acuerdas de Beto? —le pregunté a Majo—. Ese parásito que se pasaba el día en calzones jugando Warzone mientras yo trabajaba como loca para pagar la luz. El día que se fue el internet porque no pagué el recibo, me dijo que lo checara porque él necesitaba buena conexión para un torneo. Usaba mi tarjeta para pedir Uber Eats porque no le gustaba cocinar. Lo corrí esa noche y tuve que cambiar la chapa.

—Lo recuerdo —asintió Majo, ya más seria—. Ese fue el que te hizo jurar que solo serían Mandarino y tú contra el mundo.

—Exacto, pero esa promesa duró hasta que mi madre mencionó la boda de Susy y a Javier. Maldita presión social y maldita tía Chayo con sus comentarios pasivo-agresivos.

Majo se inclinó sobre la mesa, dejando de lado las bromas.

—Rebe, mira el calendario queda una semana para la boda. Tus opciones son tres: llegar sola y que Javier te vea derrotada dándole la razón a tu familia; llevar al tipo de las vitaminas para que estafe a tu papá; o tragarte tu orgullo y hacer lo impensable.

Me quedé mirando mi café, mi dignidad ya estaba por los suelos de todos modos. Javier no podía ganar, no esta vez.

—Tú ganas, Majo —suspiré derrotada—. Pásame el maldito teléfono de la agencia. Pero te juro por la vida de Mandarino que, si me sale un asesino serial, te voy a jalar las patas en la noche.

Majo sonrió triunfal y buscó algo en su bolso. Sacó una tarjeta negra y dorada, elegante y discreta: Elite Companions.

—Bienvenida al lado oscuro, amiga. Prepara la tarjeta de crédito porque la calidad cuesta. Pide el Paquete Platinum no seas coda, aquí no hay tipos con pirámides ni parásitos en calzones, hay profesionales.

Tomé la tarjeta con los dedos temblorosos.

—Perdóname, feminismo, te he fallado —le dije al techo de la cafetería—. Pero primero muerta que humillada por mi ex.

Guardé la tarjeta en mi bolso, sabiendo que ya no había vuelta atrás, iba a alquilar un novio y que Dios nos agarrara confesados.

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