4 MERCANCIA PERFECTA

REBECA

Llamar a la agencia fue lo más difícil que he hecho, me contestó una mujer con voz de robot, de esas que suenan a que nunca han comido un taco de canasta en su vida.

—Elite Companions, buenas tardes. La discreción es nuestra firma.

—Hola —susurré, sintiéndome como una criminal escondida en el baño—. Eh... quiero contratar un servicio.

—¿Paquete Básico, Premium o Platinum? —preguntó la robot, sin inmutarse.

— Pues... no sé, es para una boda, necesito que se vea creíble, que parezca que me ama y que tiene acciones en la bolsa.

—Paquete Platinum—Incluye historia de fondo, conocimientos de etiqueta, idiomas y disponibilidad afectiva simulada —sentenció la voz—. El costo es de cincuenta mil pesos por fin de semana, más viáticos.

Casi escupo el café. ¡Cincuenta mil pesos! Oiga, ¿pues qué hace? ¿Me va a donar un riñón si lo necesito a media fiesta? Pero me mordí la lengua, la calidad cuesta y yo no iba a llegar a Monterrey con un Shrek de descuento.

—Está bien —acepté, sintiendo un dolor físico en el codo—. Pero no voy a soltar ni un peso sin ver la mercancía antes, quiero la entrevista hoy a las cuatro en mi domicilio, prefiero evaluar el producto en privado.

—El señor Marcelo estará ahí a las 4:00 PM. Anoto su direccion.

A las 3:55 PM, yo estaba frente al espejo tratando de decidir si mi cara gritaba escritora exitosa o estoy a un paso del psiquiátrico. Me puse unos jeans ajustados que me hacían buen cuerpo y una blusa blanca. Si iba a pagar esa millonada, el tipo tenía que adaptarse a mi realidad.

A las cuatro en punto, el timbre sonó. Mi corazón dio un vuelco, me sacudí las migajas de la blusa y abrí la puerta. El aire se me atoró en la garganta.

Frente a mí no estaba Marcelo, o al menos no el Marcelo que yo imaginé. El hombre que ocupaba mi pasillo era una fuerza de la naturaleza. Medía casi un metro noventa, traía un traje azul marino de corte impecable y una postura tan recta que me hizo enderezar la espalda por instinto. Era rubio, con el cabello perfectamente peinado y unos ojos grises, fríos y calculadores.

—No mames —susurré, quedándome con la mano en el pomo de la puerta—. ¿Tú eres el de la agencia?

—¿Rebeca? —preguntó él. Su voz era grave, con un acento extranjero muy marcado. Extrañamente sexy.

—Shhh. Pásale, pásale. No te quedes ahí parado que se sale el gato.

Él entró a mi departamento y de repente, mi sala pareció del tamaño de una caja de zapatos. Su presencia llenaba cada rincón, se detuvo en el centro de la habitación, observando los libros apilados y las tazas de café con una expresión indescifrable. Mandarino se acercó a oler sus zapatos y para mi sorpresa, no le bufó. Solo se sentó a mirarlo como reconociendo a un depredador de su nivel.

—Soy Héctor —dijo él, extendiéndome una mano grande y perfectamente cuidada.

¿Héctor? La de la agencia dijo Marcelo. Seguro es su nombre artístico para sonar más premium.

—Mucho gusto, Héctor —dije, haciendo comillas con los dedos—. Wow, la verdad superaste mis expectativas, en vivo impones muchísimo. Tienes esa vibra de Ice Man que a mi familia le va a encantar.

Él frunció el ceño ligeramente.

—¿Ice Man? Me gusta ser... eficiente. En este negocio la precisión lo es todo, ¿no cree? Si quiere vender una buena historia, la estructura debe ser sólida.

¡Bingo! Entendía el negocio a la perfección.

—Exacto, eso es lo que necesito. Mira seré directa porque mi tiempo vale oro y el tuyo me está costando un ojo de la cara. Necesito que seas convincente, mi familia son tiburones regios y si huelen miedo, te van a comer vivo.

Héctor se echó hacia atrás, cruzando los brazos sobre su pecho ancho. Su camisa blanca se tensó peligrosamente sobre sus hombros. Yo lo rodeé con la mirada.

—A ver, otra vueltecita, pero más despacio, que no son carreritas —le ordené—. Quiero ver la percha completa, camina hacia la ventana como si fueras el dueño de una petrolera o algo así, con actitud por favor, quiero ver cómo te mueves.

Él apretó la mandíbula, pero caminó hacia la ventana con una zancada elegante. Mis instintos de escritora estaban gritando ganador, este tipo no solo era guapo, desprendía una autoridad natural que iba a hacer que Javier pareciera un niño de primaria.

Cuando se dio la vuelta para encararme, me acerqué a él. Estaba a un paso de distancia y podía oler su perfume: madera. Me sentí valiente o tal vez era la adrenalina de tener la boda encima, así que hice lo que cualquier cliente exigente haría con un producto de cincuenta mil pesos.

Estiré la mano y con una naturalidad que me sorprendió a mí misma, le solté un apretón firme en la nalga derecha.

Él se puso rígido como si le hubiera dado una descarga eléctrica. El aire se escapó de sus pulmones y sus ojos grises se abrieron de par en par, encendiéndose con una mezcla de shock e indignación.

—¡Oye! —exclamó, con la voz vibrando de incredulidad.

—¡Ey, nada de oye! —lo regañé, sin soltarlo del todo para evaluar la firmeza—. Si te voy a llevar a Monterrey frente a mi tía Chayo, necesito estar segura de que no te vas a desinflar a la primera crítica. Tienes un físico de diez de verdad, la mercancía es de primera, Héctor. Pasaste la inspección técnica con honores.

—¿Inspección técnica? —preguntó él, con los ojos entrecerrados y un tono que juraría que era de puro pánico—. ¿Usted cree que yo soy...?

—¡Un profesional! —lo interrumpí—. Y por eso te voy a pagar lo que pides. Mira, el trato es sencillo: necesito que seas el novio perfecto, mi ex va a estar ahí y necesito que actúes como si estuvieras locamente enamorado de mí, si actúas la mitad de bien de lo que te ves, estamos del otro lado.

Él me miró en silencio, sus ojos grises me analizaron con una intensidad que me hizo dudar de quién era la presa y quién el cazador.

—Soy un profesional, Rebeca —dijo finalmente, con una voz ronca que me puso los pelos de punta—. He hecho que la gente crea en fantasías imposibles, hacerles creer que hay una conexión entre nosotros será... cuestión de técnica.

—¡Bravo! —exclamé, aplaudiendo—. Me encanta que te metas tanto en el papel.

Héctor suspiró, pareciendo resignado a su suerte.

—Entonces, ¿trato hecho? —pregunté, extendiéndole la mano.

Él envolvió mis dedos con los suyos, el contacto fue abrasador y senti una descarga eléctrica.

—Trato hecho Rebeca, pero tengo una condición: quiero acceso total a ti durante esta semana. A tu casa... y a tus manuscritos, necesito entender el tono de esta historia para que nadie sospeche.

—Está bien —asentí, empujándolo suavemente hacia la puerta—. Pero si Mandarino no te aprueba mañana, se cancela todo. Ahora circula, que tengo que escribir. ¡Y no pierdas ese traje, te queda de muerte!

Le cerré la puerta en la cara y me recargué contra la madera, suspirando de alivio.

—¡Lo logramos, Mandarino! ¡Es perfecto! Un poco rígido, pero con ese nalgazo comprobé que es de calidad premium, Javier se va a morir de la envidia.

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