Mundo ficciónIniciar sesiónREBECA
Esa noche no pegué el ojo y todo por el nombre que mi madre soltó como si fuera cualquier cosa: Javier.
Me quedé mirando el techo y mi mente traicionera decidió viajar en el tiempo. Mi cerebro tiene un botón de autodestrucción que se activa a las tres de la mañana. De repente, ya no estaba en la Condesa; estaba de vuelta en Monterrey, hacía dos años.
Era nuestro quinto aniversario.
Recuerdo que me gasté la quincena en un vestido rojo y lencería de encaje que picaba un poco. Javier me citó en La Caterina, su restaurante favorito en San Pedro. Yo estaba emocionada, llevaba meses notándolo raro y mis amigas en su optimismo tóxico, aseguraban que eran nervios de propuesta.
—Seguro ya compró el anillo —me había dicho Majo—. Por eso anda tan misterioso.
Ahí estaba yo frente a él, con el corazón en la garganta. Javier pidió vino tinto, es hoy, pensé, hoy me pide matrimonio. Después del postre se aclaró la garganta y sacó una cajita de terciopelo azul del bolsillo de su saco. El mundo se detuvo, ya me veía subiendo la foto a I*******m.
—Rebe... —empezó con voz suave.
—¿Sí, amor? —respondí con los ojos cristalizados.
—Eres una mujer increíble y estos cinco años han sido de mucho aprendizaje.
Tomé la cajita con manos temblorosas. La abrí, pero no había un anillo, eran unos aretes de perlas pequeñas; estoy casi segura de que eran de fantasía. Mi cerebro tardó segundos en procesar la decepción.
—¿Aretes? —susurré.
—Espero que te gusten —dijo él, mirando su copa de vino—. Rebeca, te quiero mucho. Eres como una gran amiga para mí.
¿Amiga? Sentí un pitido agudo en los oídos.
—¿Qué?
—Que ya no funciona —soltó de golpe—. No eres tú, soy yo. Necesito espacio y necesito encontrarme a mí mismo, siento que nos hemos estancado y quiero volar, ¿sabes?
Me quedé paralizada con los aretes baratos en la mano y el corazón hecho puré.
—¿Me estás cortando? ¿En nuestro aniversario? ¿Con unos aretes de consolación?
—No lo veas así, velo como un recuerdo de lo bonito que fue, además tú siempre estás en tus libros, en tus mundos... necesitamos cosas diferentes.
Me levanté, dejé los aretes junto a su copa y salí sin mirar atrás. Lloré semanas enteras hasta que decidí mudarme a la Ciudad de México. Ingenua de mí pensé que él también estaba sufriendo y que de verdad necesitaba espacio.
¡Ja!
El verdadero golpe llegó un mes después.
Estaba en F******k stalkeando cuando vi la actualización: Javier Garza está comprometido con Marisol Benavides. Casi se me cae el teléfono, Marisol la vecina del 4B. La chica a la que yo le regaba las plantas cuando se iba de vacaciones. No necesitaba espacio, necesitaba cambiar de modelo y no le tomó ni treinta días ponerle un anillo a ella, un anillo que se veía bastante real.
Entendí dos cosas: que los hombres mienten y que no iba a permitir que nadie me volviera a ver la cara de estúpida. Me sequé las lágrimas y decidí que mi felicidad no dependería de un patán, pero el daño estaba hecho.
—Miau.
El maullido de Mandarino me trajo de vuelta a mi recámara oscura. Me limpié una lágrima con rabia, Javier no solo me había roto el corazón; me había humillado. Y ahora, dos años después, mi madre quería obligarme a verlo feliz y esperando un bebé mientras yo seguía sola.
—Ni madres —dije en la oscuridad—. No les voy a dar el gusto, la tía Chayo no va a tener razón con eso de ya no sales ni en rifa.
Me senté en la cama de golpe, despertando a Mandarino.
—Lo siento bola, pero tenemos una misión.
Javier no iba a ver a la Rebeca derrotada, sino a una Rebeca amada por un hombre millonario. Recordé la propuesta de Majo sobre la agencia de novios, pero sacudí la cabeza. Eso era rendirse, yo podía escribir las historias más vendidas; seguro podía protagonizar una. Agarré mi celular y descargué Tinder, Bumble y Hinge.
—Tengo un mes —le dije a la sombra de Mandarino—. Estadísticamente tiene que haber un hombre guapo, soltero y con estabilidad emocional que quiera ir a una boda gratis a Monterrey.
Mandarino bostezó.
—Mañana empieza la audición —sentencié.
Me acosté abrazando la almohada con fuerza. No iba a usar la agencia que me recomendo Majo, iba a encontrar a mi novio millonario por mi cuenta.
—A ver, Mandarino. Candidato uno: se toma fotos en el baño sin camisa. Siguiente. Candidato dos: su descripción dice que busca a su mamá en versión joven. Asco, siguiente.
Pasé horas deslizando el dedo hasta que me dolió el pulgar. El mercado en la ciudad más grande del mundo parecía un depósito de chatarra.
—¿Tan difícil es encontrar a alguien que no use sandalias con calcetines y tenga un trabajo de verdad? —le pregunté al gato.
El teléfono vibró, un mensaje de Majo: ¿Ya te disté cuenta de que afuera solo hay ogros? Avísame para pasarte el catálogo de la agencia.
—¡No! —tecleé furiosa—. Voy a encontrar a mi millonario yo sola. Solo necesito filtrar mejor.
Pero el optimismo se me estaba acabando rápido. Si para el final de la semana no tenía a un dios griego asegurado, la tía Chayo ganaría. Y eso en mi escala de valores, era peor que la muerte.
—Necesito un milagro —susurré, mirando un perfil de un tipo que aseguraba ser rey de los criptoactivos mientras posaba frente a un carro que claramente era un taxi—. Un milagro muy guapo y que sepa fingir muy bien.







