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Abrí los ojos y lo primero que registré no fue la luz, sino el peso de Rebeca sobre mi pecho. La famosa barrera de almohadas no había servido de nada; estaban tiradas en la alfombra como estorbos de una batalla que perdimos dormidos. Tenía sus piernas enredadas con las mías y su brazo rodeándome la cintura, aferrada a mi playera como si fuera su único anclaje.
Me quedé inmóvil, sintiendo







