HEKTOR
El segundo día en la quinta amaneció con una resaca colectiva que se sentía en el aire. Yo era el único que ya estaba de pie, con un café negro en la mano, observando el desastre de la noche anterior, Javier seguía roncando en el sofá exterior, con una mancha de labial en el cuello de su guayabera y una botella vacía abrazada como si fuera un tesoro.
Escuché unos pasos detrás de mí, era Aldo, se veía cansado, pero sus ojos estaban bien abiertos, analizándome.
—¿No duermes, alemán? —pregu