REBECA
—Héctor, si me sigues tapando los ojos me voy a caer de cabeza contra la arena —le advertí, sintiendo sus manos cálidas sobre mi rostro.
—Confía en mí, Rebe. Son solo tres pasos más —su voz sonó baja, pegada a mi oreja.
Héctor retiró las manos de golpe, parpadeé un par de veces, acostumbrándome a la luz. Estábamos en el porche de una villa frente al mar, pero lo que me llamó la atención fue la pequeña mesa redonda dispuesta para nosotros. En el centro, junto a dos copas, había una carpet